Venezuela es el nuevo campeón del Clásico Mundial de Beisbol. La Vinotinto firmó uno de los momentos más importantes en la historia del deporte de su país al vencer 3-2 a Estados Unidos y llevarse a casa el título por primera vez en su historia. Una victoria con sabores intensos en un momento en el que las novenas llegaron precedidas de un conflicto político entre ambas naciones.
Pocos duelos deportivos tienen encima implicaciones simbólicas tan agudas que los vuelve más que una competencia deportiva y la disputa trasciende el campo de juego. En 1986, Argentina, según decían, no podía perder ante Inglaterra en aquel Mundial de México ya que aún estaba en carne viva el recuerdo de la derrota en la guerra de las Malvinas. “¿Cómo va a compararse un partido con una guerra? En términos simbólicos, sí son comparables; por tanto, para Argentina habría sido insoportable perder ese partido”, comentó hace poco el ex futbolista y escritor Jorge Valdano. Hay momentos que han alcanzado niveles incomprensibles, como la guerra que se originó tras un partido de futbol entre El Salvador y Honduras a finales de los años 60.
Este no alcanzó esos registros, pero algunos significados extras se desprenden. Hoy, unos meses después de que Donald Trump ordenó el secuestro de Nicolás Maduro, la final del Clásico en la que Venezuela derrota al equipo de las barras y las estrellas tiene ribetes que rebasan los límites del diamante.
Un día antes, los jugadores evitaron tocar el tema de las tensiones entre ambos países, sólo algunos peloteros venezolanos admitieron que su país merecía esta final y también que sería maravilloso regalar el título a su gente. Mientras tanto, el presidente estadunidense removió las aguas con un mensaje bravucón: “¡Últimamente le están pasando cosas buenas a Venezuela! Me pregunto de qué se trata esta magia. ¿Estado, #51, alguien?”
Tras la victoria, la presidenta encargada Delcy Rodríguez declaró este miércoles Día Nacional de Júbilo


