Al PAN le bastó una rueda de prensa para practicar, con impecable nostalgia priista, aquello de que la política se decide primero en el ánimo del grupo en el poder y luego, si acaso, se informa. Marco Bonilla fue nombrado coordinador político estatal sin mayor explicación sobre qué ocurrió con los demás aspirantes, sin resultados de encuestas, sin un mínimo intento por simular competencia. Pura ceremonia de ungimiento, de esas que el blanquiazul juró haber desterrado, pero que hoy regresa con traje nuevo y el mismo aroma de siempre: el del dedazo.
Y como dice el viejo refrán, en vísperas se ve la primavera; pues bien, si hoy ya se apretó la primera tuerca, nadie debería hacerse el sorprendido con lo que viene. El mensaje es claro y nada sutil: el rompecabezas del poder interno ya tiene figura central, y los candidatos a las alcaldías harían bien en entender que el reparto no será precisamente abierto ni generoso. Daniela Álvarez apunta a Juárez; en Chihuahua capital se comenta que Alfredo Chávez buscaría refrendar el distrito 06 federal, el más panista del país; el “Cabrito” Alan Falomir iría por un distrito local; y Manque Granados buscará la sindicatura.
Hoy sesiona el Consejo Estatal del PAN y todo indica que podrían venir nuevos nombramientos para terminar de acomodar la foto. Pero, más que una discusión de estrategia, lo que se perfila es un ajedrez cerrado donde cada pieza ya sabe —o debería saber— el casillero que le tocará ocupar. Y mientras los rebeldes Rafa Loera y César Jáuregui observan cómo se cierran espacios, la dirigencia parece empeñada en vender unidad donde lo que en realidad asoma es disciplina, cálculo y un método tan viejo como eficaz: primero se nombra al elegido, luego se construye la narrativa para justificarlo.


