En política, la cercanía con el poder suele marear más que una campaña ganada. Este lunes trascendió que Rafael Loera Talamantes dejó la Secretaría de Desarrollo Humano y Bien Común, apenas una semana después de que también saliera Anya Trevizo, su esposa y asistente personal de la gobernadora Maru Campos, tras aquel episodio público que dejó al descubierto que en el equipo compacto ya no cabía tanta confianza mal entendida.
La lectura política es filosa: quienes hace diez años llegaron como asistentes, operadores de confianza y piezas menores al lado de la hoy gobernadora, terminaron creyéndose indispensables. Y en el ajedrez del poder, cuando un peón se imagina reina, el tablero se encarga de recordarle su tamaño. Primero fue Anya Trevizo, señalada tras corregir públicamente a la mandataria; ahora, según versiones, el golpe alcanzó a Rafa Loera, a quien Maru Campos le habría pedido la renuncia.
El mensaje es contundente y sin moños: en el Palacio no hay lugar para proyectos personales que pretendan caminar por encima de la jefa política. Loera podía asomarse como aspirante panista a la alcaldía de Chihuahua, pero la salida de ambos deja una advertencia escrita con tinta gruesa: la lealtad no se presume, se obedece; y quien confunde confianza con poder, termina entregando oficina, cargo y futuro inmediato.


