El estrecho de Ormuz es uno de los pocos lugares del mundo donde una franja estrecha de agua puede sacudir toda la economía global.
Los petroleros reducen la velocidad. Suben las primas de seguro. Los operadores ajustan posiciones. Los gobiernos revisan sus reservas de emergencia. No hace falta que un misil impacte un barco para que empiece la presión. En una vía marítima tan importante, la incertidumbre se convierte en un arma.
La Administración de Información Energética de Estados Unidos informó que el flujo de petróleo por el estrecho de Ormuz promedió unos 20 millones de barriles al día en 2024, lo que equivale a aproximadamente el 20 por ciento del consumo mundial de líquidos derivados del petróleo. También indicó que la ruta representó más de una cuarta parte del comercio mundial de petróleo por mar y cerca de una quinta parte del comercio global de gas natural licuado.
Esa geografía le da a Irán una ventaja.
Pero también crea una tentación peligrosa para sus adversarios: si Irán puede amenazar el sistema petrolero, ¿por qué no tomar el punto por el que sale el petróleo iraní del país?
Esa pregunta lleva rápidamente a la isla de Kharg.


