29 octubre, 2026

Cuando se apagan los amigos: el regidor rebelde pone el pecho para recibir las balas

En la Opinión de “Jaque Mate”

Seis meses han pasado desde aquel episodio de El Pinal y casi dos semanas desde la detención de César Jáuregui Moreno. Antes de abril, parecía el candidato natural del PAN para la Presidencia Municipal de Chihuahua capital. Después de El Pinal, su trayectoria política cambió de rumbo.

Esta columna no pretende convertir una opinión en sentencia ni un señalamiento en verdad judicial. Pero sí sostiene una tesis política: cuando un personaje deja de ocupar el centro del poder, el ruido de los acompañantes suele desaparecer, y en ese silencio se revela quién estaba por conveniencia y quién permanece por convicción.

La historia de Jáuregui tiene hoy dos escenas enfrentadas: quince años rodeado de cientos de supuestos amigos y un presente marcado, según la denuncia política del regidor Félix Arturo Martínez Adriano, por el silencio y el abandono institucional. Entre ambas escenas queda una pregunta incómoda: ¿cuántos estaban cerca del hombre y cuántos solamente de su posición?

Hasta antes de abril, César Jáuregui Moreno parecía caminar con naturalidad hacia la candidatura del PAN por la Presidencia Municipal de Chihuahua capital. Su nombre circulaba como una posibilidad evidente, como si el futuro político estuviera trazado y bastara con esperar el momento adecuado para confirmarlo.

Entonces llegó El Pinal. Después del operativo, todo cambió. Vinieron semanas de incertidumbre y de claroscuros; luego, Jáuregui declaró ante la Fiscalía General de la República y, por un momento, pareció resurgir como el ave fénix. La política, sin embargo, no perdona las pausas ni las sombras: lo que parecía una recuperación terminó enfrentando un nuevo quiebre con su detención.

Desde entonces, el asunto dejó de ser únicamente una disputa de posiciones o una carrera electoral interrumpida. Se convirtió en una prueba para quienes durante años estuvieron cerca de Jáuregui y para un partido que, de acuerdo con la denuncia formulada por Martínez Adriano, ha guardado silencio frente al caso.

}Durante los últimos quince años, Jáuregui se vio rodeado de gente y de cientos de “amigos”. La cercanía parecía abundante, permanente, casi garantizada por la fuerza del cargo, por el brillo de la influencia y por la promesa de los días que todavía podían venir.

Pero cuando el poder se encoge, también se encoge el círculo. En los últimos días, aquellos rostros dejaron de aparecer; esos “amigos” se volvieron invisibles y el ruido comenzó a retirarse. Lo que queda, es la soledad y el silencio: dos jueces más implacables que cualquier discurso de lealtad.

No hace falta presentar esa imagen como una prueba judicial de nada. Es, antes que nada, una estampa política y humana. Los acompañamientos abundantes suelen ser fáciles cuando todo marcha a favor; la verdadera medida de una relación aparece cuando ya no hay reflectores, cargos ni beneficios que repartir.

“En el hospital y en la cárcel se conocen a los verdaderos amigos”. Como recurso literario, el refrán resume la pregunta central de esta columna; no sustituye pruebas ni determina responsabilidades.

En medio de ese silencio aparece Félix Arturo Martínez Adriano, regidor del Partido Acción Nacional en el Ayuntamiento de Chihuahua y conocido como “el regidor rebelde”. Durante la Sesión de Cabildo realizada el 28 de octubre de 2026, manifestó públicamente su respaldo a Jáuregui y lo calificó formalmente como “preso político”.

Es indispensable precisar el alcance de esas palabras: se trata de una postura y una denuncia política de Martínez Adriano, no de un hecho judicial probado. El regidor sostuvo que el proceso federal contra Jáuregui tiene una fuerte carga política y consideró injusto y desproporcionado el trato legal que, a su juicio, está recibiendo.

Martínez Adriano relacionó el caso con el operativo de abril realizado para desmantelar un mega narcolaboratorio clandestino de drogas sintéticas en El Pinal, municipio de Morelos. Desde su perspectiva, calificó de ridículo e injusto que se finquen responsabilidades penales por una operación que combatió al narcotráfico. Esa valoración le pertenece al regidor y debe leerse como tal.

Lo que sí resulta políticamente contundente es que, mientras otros prefieren no hablar, Martínez sigue hablando. Mientras algunos se alejan, él aparece. Mientras el silencio se instala, el regidor levanta la voz por su amigo.

Lo más fuerte del posicionamiento de Martínez Adriano fue su preocupación por el “silencio y abandono” institucional hacia el exfuncionario. Por ello, exigió a las dirigencias estatal y nacional del PAN, así como a su militancia, pronunciarse enérgicamente y dar seguimiento al caso en defensa del debido proceso y de la presunción de inocencia.

La exigencia no es menor. Si un partido presume comunidad, principios y lealtades, no puede aparecer únicamente cuando las circunstancias son cómodas. La política también se define cuando toca responder por los propios, cuando la conversación pública incomoda y cuando la prudencia comienza a parecer abandono.

Esta columna no afirma que César Jáuregui sea culpable o inocente. No corresponde convertir las declaraciones de un regidor en una resolución judicial ni presentar como probados los señalamientos sobre el proceso. La presunción de inocencia debe permanecer intacta. Pero también debe quedar registrada la denuncia política de Martínez Adriano: el PAN, el panismo y los panistas, según su reclamo, han dejado un vacío donde antes abundaban las presencias.

Honor a quien honor merece: cientos de supuestos amigos pueden haberse vuelto invisibles, pero Félix Martínez ha seguido poniendo el pecho para recibir las balas. Esa conducta puede discutirse, criticarse o compartirse; lo que no puede negarse es su visibilidad.

Porque cuando todos se hacen mudos, quien sigue hablando no necesita proclamar su lealtad: la está demostrando en público. Y cuando el poder se queda solo, la memoria política no recuerda a la multitud que se dispersó, sino a la voz que decidió permanecer.

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