18 agosto, 2026

LA CACHUCHA DE TRUMP Y BONILLA: LA DOBLE MORAL PANISTA. . . MARCO BONILLA Y LA ARITMÉTICA DEL MIEDO. . . JÁUREGUI Y LA TOZUDEZ DE NO ENTENDER QUE EL TURNO YA CAMBIÓ. . .

Columna La Tenebrosa. . . El lado obscuro de la política chihuahuense. . .

LA CACHUCHA DE TRUMP Y BONILLA: LA DOBLE MORAL PANISTA. . . En política, el cinismo también se usa como accesorio. Y si algo quedó claro en el pasado evento organizado por Gilberto Loya, con la presencia de Maru Campos y el siempre complaciente círculo azul, es que en el PAN no sólo no ocultan sus afinidades ideológicas: las presumen con una desfachatez que raya en la caricatura. La aparición de Marco Bonilla con una cachucha que llevaba la leyenda “Make Mexico Safe Again” no fue un simple gesto casual ni una ocurrencia simpática; fue un guiño deliberado, una imitación servil de la propaganda trumpista, como si el discurso importado de Washington pudiera ponerse de moda en Chihuahua sin provocar vergüenza ajena. . .

Porque, seamos francos, la referencia no es inocente. Donald Trump convirtió su gorra de “Make America Great Again” en un símbolo de identidad política, pero también en emblema de exclusión, muros, desprecio por los migrantes y una visión autoritaria de la política. Repetir esa fórmula en México no revela creatividad: revela obediencia ideológica, fascinación por el vecino del norte y, sobre todo, una alarmante comodidad con los mensajes que normalizan el rechazo al distinto. ¿De verdad Bonilla quiso jugar al político duro o simplemente decidió disfrazarse de trumpista de barrio? La pregunta no es menor, porque detrás de esa cachucha hay una postura. . .

Y ahí está el punto de fondo: cuando el PAN habla de patria, suele hacerlo con la boca llena, pero con el espejo roto. Presumen mexicanismo en campaña, pero se arrodillan ante los símbolos y las fórmulas del conservadurismo estadounidense cuando les conviene. Si la pregunta es si Marco Bonilla es un seguidor fiel de Donald Trump, la respuesta la da él mismo con sus gestos: no necesita declararse fanático para actuar como tal. Y si además esa estética política viene acompañada de desprecio hacia migrantes o minorías, entonces no estamos ante una simple ocurrencia de mercadotecnia, sino ante la confesión involuntaria de una derecha que sigue creyendo que copiar a Trump la vuelve más fuerte, cuando en realidad la vuelve más predecible. . .

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MARCO BONILLA Y LA ARITMÉTICA DEL MIEDO. . . Marco Bonilla ya entendió lo que en el PAN algunos todavía se resisten a aceptar: en 2027, Morena no será un rival cualquiera, sino una maquinaria con combustible suficiente para poner a temblar a más de uno. Y como quien mira el precipicio antes de dar el siguiente paso, el alcalde de Chihuahua ya comenzó a mover piezas, a tocar puertas y a tantear alianzas con PRI y Movimiento Ciudadano, no por convicción ideológica —que eso en la política mexicana suele durar lo mismo que un aplauso—, sino por una necesidad más elemental: no quedarse mirando desde la banca cómo se le escapa la gubernatura. . .

Lo interesante no es que Bonilla busque una candidatura común; lo verdaderamente revelador es la prisa con la que lo hace y el tamaño del cálculo que lo acompaña. En otras palabras: si la ruta natural ya no garantiza nada, entonces se recurre al viejo recurso de juntar siglas, discursos y egos para intentar fabricar competitividad donde hoy sólo hay temor. Bonilla dice que ya hay acercamientos con el PRI y con MC, que Dante Delgado ya fue escuchado y que Alfredo Lozoya también entra en la ecuación. Todo muy institucional, muy serio, muy de “sumar esfuerzos”; aunque en el fondo lo que asoma es otra cosa: la desesperación elegante de quien sabe que solo no le alcanza. . .

Claro, todavía faltan los permisos mayores. Falta convencer a Maru Campos, que no suele regalar margen a la improvisación, y falta que Jorge Romero termine de bendecir la jugada desde la cúpula panista. Pero si algo ha dejado claro Bonilla es que está dispuesto a empujar hasta el límite —y si hace falta, un poco más allá— con tal de no entregarle Chihuahua a Morena en 2027. La pregunta ya no es si quiere ganar; eso es obvio. La pregunta real es cuánto está dispuesto a ceder, con quién está dispuesto a sentarse y qué tanto está dispuesto a deformar el discurso con tal de seguir vivo en la pelea. Porque cuando un político empieza a hablar de “frentes amplios”, muchas veces lo que en realidad está diciendo es que ya hizo cuentas… y no le salió ninguna limpia. . . Principio del formulario

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JÁUREGUI Y LA TOZUDEZ DE NO ENTENDER QUE EL TURNO YA CAMBIÓ. . .César Jáuregui insiste en actuar como si la disputa por la alcaldía de Chihuahua Capital siguiera abierta de par en par, cuando en realidad el mensaje dentro del PAN ya fue enviado con toda la claridad que la política permite antes de volverse grosería: el tablero se está acomodando para Santiago de la Peña. Pero Jáuregui, fiel a esa vieja costumbre de algunos políticos de enamorarse de su propia sombra, prefiere seguir pateando el avispero, hablando de mediciones, militancia y reglas, como si con eso alcanzara para revertir lo que en los pasillos del panismo ya suena a decisión tomada. . .

Lo curioso —o más bien lo trágico— es que Jáuregui parece no haber entendido la parte más elemental de la política: no basta con querer ser, también hay que saber dejar de ser. Y ahí está precisamente su problema. Sigue posando como activo imprescindible, como si todavía cargara con el peso específico de antes, cuando la realidad apunta a otra cosa: ya no le alcanza para mover la aguja ni en el proyecto de Maru Campos ni en el cálculo del PAN nacional. Insistir en presionar no lo fortalece; apenas lo exhibe como alguien que no ha terminado de aceptar que su tiempo, al menos en esa ecuación, ya pasó. . .

Porque en política, aunque a muchos les duela, también hay fechas de caducidad. Y Jáuregui, en su empeño por mantenerse en una conversación que otros ya dieron por cerrada, termina pareciendo más un obstáculo que una opción. Si el PAN estatal, el PAN nacional, Jorge Romero y la propia Maru Campos ya definieron el rumbo, seguir golpeando la mesa no lo convierte en alternativa: lo reduce a ruido. Y el ruido, en política, solo dura hasta que llega la decisión final. . .

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