Columna La Tenebrosa. . . El lado obscuro de la política chihuahuense. . .
BONILLA PIDE MÁS DEUDA PARA UNA OBRA QUE NI SIQUIERA TIENE PERMISO. . . En Chihuahua ya quedó claro que la prisa no es por resolver la ciudad, sino por seguir hipotecándola. Marco Bonilla quiere sumar otros 150 millones de pesos en deuda para la Poniente 5 como si endeudar al municipio fuera sinónimo de gobernar, aunque la obra ni siquiera cuenta todavía con los permisos federales indispensables. Es decir: primero quieren abrir la chequera pública y luego, si acaso, preguntar si legalmente podían hacerlo. Toda una escuela de administración donde la improvisación se disfraza de visión y el desorden se vende como empuje. . .
Lo más revelador no es solo el nuevo crédito, sino la confesión política que encierra: después de años presumiendo la vialidad como gran proyecto, el gobierno municipal apenas va tramitando permisos ante Semarnat, Conagua y Profepa. O sea, el plan nunca estuvo maduro, pero la deuda sí. Y así, con una ligereza asombrosa, se pretende comprometer ingresos de la administración 2027-2030 para una obra cuyo sustento técnico, ambiental y administrativo sigue incompleto. En otras palabras, Bonilla no está pidiendo confianza: está pidiendo un cheque en blanco con cargo al futuro. . .

Y como si eso no bastara, la deuda ya parece costumbre y no excepción. Con este nuevo financiamiento, Bonilla acumularía cinco créditos bancarios por 1,245 millones de pesos, pese a los ingresos excedentes registrados por el municipio en los últimos años. El mensaje es brutal: no faltó dinero, faltó orden; no faltó capacidad de recaudar, faltó capacidad de administrar. Pero en el manual del bonillismo eso no importa demasiado: mientras haya discurso de modernidad, poco parece importar que la ciudad termine pagando obras más caras, intereses millonarios y ocurrencias todavía sin permiso federal. . .
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FISCALES EN FUGA, GOBIERNO EN RUINAS. . . Tristemente, a nadie sorprende que el ex fiscal general, César Jáuregui, parezca haberse esfumado de la capital justo cuando más preguntas hay sobre su actuación. Dicen los que saben que se encuentra escondido en una de sus propiedades en Juárez, midiendo rutas de escape y buscando la manera de cooperar con autoridades de Estados Unidos para venderse después como perseguido político, todo antes de que la FGR toque la puerta. Peor aún, corre la versión de que fue la propia Maru Campos, por conducto de un emisario, quien le mandó el mensaje más sincero de su gobierno: huye, huye. A estas alturas, más que exfiscal, Jáuregui luce prácticamente prófugo. . .
El caso de Zuany tampoco huele a limpieza institucional, sino a maniobra de emergencia. Aquí no da la impresión de que haya renunciado: más bien lo renunciaron, como quien saca a un alfil del tablero para darle tiempo de perderse en el camino. La salida, presentada con la frialdad burocrática de siempre, parece menos un acto de rendición de cuentas que una cortesía política para que también tenga oportunidad de huir antes de que el escándalo termine de reventar. En este gobierno, las dimisiones no aclaran nada; sólo anuncian quién será el siguiente en desaparecer de escena. . .
Mientras tanto, Chihuahua se ha convertido en el escaparate más brutal del fracaso oficial. El estado se hunde entre asesinatos, miedo y territorios cada vez más disputados, mientras desde el poder siguen vendiendo boletines como si la propaganda pudiera tapar el ruido de las balas. Lo verdaderamente escandaloso no es sólo que la violencia esté desbordada, sino que ya se haya normalizado que la autoridad llegue tarde, mienta primero y culpe después a cualquiera menos a sí misma. Chihuahua no se volvió violento por accidente: se volvió así por abandono, simulación y complicidad. . .

Y en medio del derrumbe, lo único constante ha sido el silencio de Maru Campos y la disciplina casi religiosa de sus funcionarios para administrar medias verdades, evasivas y mentiras completas. Callan cuando deberían explicar, niegan cuando los hechos los alcanzan y se ofenden cuando alguien se atreve a preguntar. Han construido un gobierno donde la opacidad ya no es un defecto, sino un método de supervivencia. En Chihuahua no gobierna la transparencia: gobierna la coartada permanente. . .
Por eso el desafuero dejó de ser una consigna de adversarios y se convirtió en una necesidad política, institucional y moral. Cuando un gobierno se rodea de sospechas, protege a sus piezas clave, guarda silencio frente al desastre y permite que sus fiscales parezcan fugitivos antes que servidores públicos, ya no puede pedir confianza: tiene que rendir cuentas. El fuero no puede seguir siendo madriguera para quienes convirtieron el poder en refugio. Si de verdad queda algo de dignidad republicana, el siguiente paso tendría que ser el desafuero. . .
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FGR APRIETA A LA FISCALIA ESTATAL. . . Ahora sí empieza a entenderse por qué hubo quienes prefirieron salir antes de que el expediente les explotara en la cara. La nueva línea de investigación de la Fiscalía General de la República no solo sacudió la versión oficial del operativo en la Sierra de Chihuahua; también dejó al descubierto que aquello que vendieron como golpe espectacular podría terminar retratado como una temeridad institucional de proporciones mayores. Y en política, cuando el discurso se desmorona al mismo ritmo que los hechos, las renuncias dejan de ser anecdóticas: se convierten en confesiones sin firma. . .
Porque una cosa es montar una narrativa de fuerza, y otra muy distinta sostenerla cuando la Federación empieza a preguntar quién autorizó qué, bajo qué facultades y hasta dónde se cruzaron líneas que no debían tocarse. Si además hay personas citadas que no comparecen, nuevos servidores públicos bajo escrutinio y un expediente que ya roza temas como delincuencia organizada, seguridad nacional y posibles contactos fuera del marco constitucional, entonces el problema dejó de ser mediático y empezó a oler a pánico. En ese ambiente, más de uno no renuncia por dignidad: renuncia porque entiende que quedarse implica dar explicaciones que quizá no puede, no quiere o no le conviene dar. . .

Por eso hoy las salidas de Zuany y Jáuregui se leen distinto. No porque exista, hasta ahora, una resolución oficial definitiva sobre sus responsabilidades o su condición legal, sino porque el contexto ya les cambió el significado político. Lo que antes quisieron presentar como ajustes normales hoy parece más bien una maniobra de evacuación. En Chihuahua se apostó a la vieja receta del poder local: controlar el relato, inflar el operativo y confiar en que el escándalo se cansara primero que la opinión pública. Pero esta vez no ocurrió. Y cuando los primeros en alejarse son los que mejor conocían la cocina del asunto, lo que queda no es certidumbre, sino una sospecha brutal: que hubo quienes entendieron antes que nadie que el incendio apenas iba empezando. . .
El caso ha escalado a nivel nacional debido a los señalamientos sobre la presencia de presuntos agentes estadounidenses dentro del convoy ministerial que participó en las acciones contra el narcolaboratorio. . .
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